La valenciana Begoña Rodrigo demostró en la ponencia que dictó ayer en el arranque de esta nueva edición de ‘Talleres Tondeluna’ que es mucho más que la ganadora de ‘Top Chef’, que detrás de su victoria en uno de los programas más seguidos de la tele (cuatro millones de espectadores de media) subyace una cocinera comprometida con su profesión, con su entorno y con lo que supone trabajar dieciséis horas al día durante seis años sin que la crítica gastronómica reparara en su proyecto ni un solo segundo: «Ahora todo ha cambiado, pero yo sigo siendo la misma a pesar de que haya pasado de cero a 2.500 por hora y el vértigo que puede dar tanta fama sin haberme propuesto otra cosa que mejorar en mi cocina y reforzar mi restaurante».

Y es que Begoña ama a su profesión por encima de muchas cosas: «Sin pasión no hay nada; mi restaurante es la materialización de un proyecto y de una idea que fui madurando a lo largo de los más de diez años que estuve trabajando fuera de España, desde un hotel en Holanda donde estaba por las mañanas hasta un restaurante donde aprendí mucho pero a costa de estar más de seis años currando todas las tardes sin cobrar un duro».

Y es que la filosofía de la cocinera de ‘La Salita’ se puede entender con lo que sintió cuando le llamó Javier Antoja (director de Apicius, una de las revistas gastronómicas más importantes del mundo): «Pensar que me iba a hacer un reportaje ahí me volvió loca, cogí el coche y estuve más de dos horas dando vueltas por Valencia puesto que pensaba que estas cosas en realidad sólo le ocurrían a los demás».

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El restaurante de Begoña emite sinceridad, lo abrió con su marido -Jorne- en el 2005: «Quiero contar mi historia, lo que siento, mis vivencias. Recuerdo el día que hice mi primer plato, creado por mí y en el que intenté plasmar todo lo que había acumulado en mis años de aprendizaje. Fue increíble. Y más todavía cuando gustó. Esa emoción no me ha abandonado y creo que es una de las claves que me hacen sentirme viva, sentirme cocinera cada día».

Y su apuesta no es sencilla. En su restaurante no hay carta, el menú cambia cada díez días y en su propuesta abunda el pescado (adora al Chef del Mar y ha incorporado el plancton a su carta), las verduras, las aves, y se declara enamorada del arenque ahumado: «Me gusta cambiar y crecer. Aunque soy autodidacta, leo todo, me como los libros de cocina y quiero aprender cada día más».

Texto: Pablo G. Mancha para La Rioja.

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