Aquel no fue un martes cualquiera. Iba a tener el privilegio de leer antes que nadie en el mundo ‘Casa Solla, cuando lo ancestral se hace eterno’.

05:55 horas. Suena el despertador. Mi primer pensamiento: ya es martes. Siempre salgo de la cama con el pie derecho, éste siempre es el primero que nota el frío del suelo de mi habitación y no sé por qué, si soy zurda. Como cada día subo la persiana de mi habitación para tener un primer contacto con el exterior y ver cómo está el tiempo. Para mí la climatología es un condicionante de cómo afrontar el día, me influye en el estado de ánimo. Miro por la ventana y llueve a mares, diluvia. ¡Odio los días así! Pero nada va a impedir que tenga un buen día.

06:55 horas. Hora punta en el metro de Barcelona. Por delante 16 paradas, un transbordo y algún que otro empujón, pero es normal con el metro y medio que mido. Ir al trabajo en metro es algo que no llevo muy bien. Me fastidia cambiar de línea, caminar por ese túnel gris por el que circula gente en ambos sentidos y un aire caliente que prefiero no saber de dónde viene. Resulta ser una auténtica aventura esquivar a la gente que lleva su primer café del día en la mano y camina absorta mirando la pantalla de su teléfono móvil sin pestañear, con la bolsa de la comida al hombro y con la vida a cuestas. Pero siempre he sido del tipo de personas que busca la parte positiva de las cosas. Así que, para hacer los trayectos más llevaderos me dedico a observar a la gente y me imagino sus historias, de dónde viene y a dónde van. A veces me digo: “Laura, estas cosas cotidianas sólo te lo da el vivir en una gran urbe, aprovecha y disfruta”.

Foto de Laura Moreno.

Salgo del metro y sigue diluviando, apenas está amaneciendo y un aire frío recorre la zona alta de Barcelona. Me abrocho la chaqueta, hasta el último botón, y me refugio bajo el paraguas. Cinco, tengo contados los pasos de cebra que me llevan del metro al trabajo. Siempre me gustó cruzar la calle pisando sólo las líneas blancas que los forman, pero hoy con lo que llueve no está el tiempo como para hacer tonterías.

07:30 horas. Me gusta llegar al trabajo media hora antes. Es cuando la redacción está en calma, en completo silencio. Ese tiempo me sirve para organizarme el día. Desde hace algo más de un mes vivo en una nueva ciudad, tengo un nuevo trabajo y me encuentro en ese punto en el que buscas tu sitio, en el que estás dejando atrás la maravillosa vida universitaria y te enfrentas a la realidad. Una época de cambios, así que “Laura, aprovecha y disfruta”.

Cada tarde, antes de irme a casa, me gusta dejar mi mesa recogida para facilitar el trabajo al personal de limpieza. Lo hago también por mí, porque me gusta sentir que soy una persona organizada y tener esa sensación de satisfacción que da el cumplir con tus tareas diarias y no dejar nada para mañana.

Aquel martes estaba empezando de otra manera. Cuando llegué a mi mesa me encontré con un papel que tenía escrito: “Lectura de martes”. Javi Antoja, director de Apicius y de los proyectos editoriales de Montagud Editores, me estaba regalando un momento mágico de buena lectura sin yo aún saberlo. Retiré el papel para ver que se escondía detrás y me encontré con las capillas de ‘Casa Solla, cuando lo ancestral se hace eterno’.

Foto de Laura Moreno.

Foto de Laura Moreno.

07:55 horas. Fuera continuaba diluviando. Me acomodé en la silla y mis pies quedaron en el aire, colgando, casi nunca toco el suelo y cogí el libro delicadamente con las dos manos. La primera sensación que noté es el frío de esa mañana de martes. No parecía un frío mediterráneo, más bien era el frío atlántico que podían notar a 1.167 km de aquí, de Barcelona, en Poio, en Casa Solla. Llevo varias semanas escuchando hablar de “las capillas de Solla” y la verdad es que no entendía qué eran pero atando cabos, he descubierto que se llama capillas a todos los pliegos que formarán un libro y que esperan esa última revisión por parte de la editorial para ser encuadernados. Al ver las capillas, la cara se me iluminó y pensé: es la primera vez que leo un libro de ME en primicia y que tengo ante mí textos que aún no ha leído nadie, un momento que siempre recordaré. Me pregunté: “¿suerte o privilegio?”. Una sensación emocionante pero difícil de explicar.

Llegué a Montagud Editores un caluroso 1 de septiembre, ese día arrancaron mis vivencias en esta editorial centenaria que se dedica a editar los sueños de los cocineros de este país. Desde aquel día intento absorber como una esponja la pasión por un oficio, las historias de los autores de la casa, las recetas, las experiencias gastronómicas y la excelente literatura gastronómica que destilan las infinitas líneas que han escrito y escriben. Confieso que una de mis pasiones es la GASTRONOMÍA en mayúsculas, me encanta y me resulta muy fácil rendirme ante este arte, por eso hace cuatro años decidí plantear en mi casa que quería estudiar esta ciencia.

‘Casa Solla’ no es el primer libro de ME que cae en mis manos, (de hecho mi pequeña biblioteca gastronómica cuenta ya con algunos ejemplares de esta casa como son ‘Caldos’ de Ricard Camarena, ‘El Portal del Echaurren’ de Francis Paniego y los números de Apicius 6 y 7). Por ellas, en este mes y once días que tengo el privilegio de formar parte de esta editorial, han pasado las historias de Ángel León, Eneko Atxa, Marcos Morán, Paco Peréz, Quique Dacosta, Diego Gallegos, Begoña Rodrigo y las de los autores de Apicius 26, 25, 24 y 23, historias que ahora también forman parte de la mía, aunque esta vez algo me dice que es distinto, tengo otra sensación. Esta vez es la primera que no cojo prestada de la biblioteca de la casa una de esas joyas gastronómicas que luce en la estantería blanca impoluta que hace juego con la pared de la redacción y con la mesa de trabajo del equipo. En esta ocasión, un sentimiento de emoción se apodera de mí, porque es la primera vez en mi vida que mis manos recorren los pliegos de lo que todavía no es un libro pero si una nueva joya gastronómica de esta casa y eso que aún no ha visto la luz. Es la primera vez que alguien que no ha participado del proyecto lo lee. Esa responsabilidad y privilegio ha recaído en mí y me siento muy afortunada.

En mis 28 años creo recordar que he visitado Galicia en tres ocasiones, entre cada una de ellas han pasado varios años de diferencia. Estas visitas han sido siempre con personas distintas y por zonas distintas. En esta ocasión tengo el presentimiento de que el viaje también va a ser distinto. Al leer las primeras líneas, mi mente viajó… me encontré frente a Casa Solla, caía esa lluvia finita, casi imperceptible a la vista y que no molesta, que se parece al rocío cuando amanece, esa lluvia que caracteriza a la zona norte de la península. Caminé y me asomé a la ría de Pontevedra para conocer el mar que inspira a Pepe Solla. Me dejé guiar por él y dejé el mar atrás. Por un momento mis dedos dejaron de presionar el teclado de mi ordenador y se deslizaban por la hierba húmeda de los pastos verdes y podía acariciar la piel de las vacas que pastaban felizmente. Mientras en la redacción la jornada seguía su ritmo habitual yo me encontraba inmersa en un paisaje que captaba toda mi atención, quería retener cada detalle en mi mente. A cada paso que daba descubría algo más: una Galicia que es mucho más que construcciones de piedra, pueblecitos, huertas y viñedos de Albariño. En este viaje descubrí y disfruté de los 55 años de vida que acababa de celebrar Casa Solla. Cada capítulo dejaba ver la evolución de una casa de comidas convertida hoy en día en un restaurante que cuenta con 1 Estrella Michelin. Una historia que no sólo tiene como protagonistas a la familia Solla, también al equipo humano y al entorno que son aquellas personas que forman parte de Casa Solla con su producto, su buen hacer y su experiencia, entonces descubrí que la Galicia de Solla es mucho más.

Con cada libro de ME que ha caído en mis manos, he disfrutado y ha tenido la capacidad de atraparme tanto, de trasladarme y de hacerme vivir una experiencia diferente. He recorrido, sin moverme de mi mesa, El Puerto de Santa María, Larrabetzu, Prendes, Llançà, Dénia, Fuengirola, Valencia, Ezcaray y Galicia. En esas lecturas mi mente se evade y viaja pero mi cuerpo se queda en la redacción para hacerles creer que sigo aquí. “¡Laura!- una voz me saca rápidamente de la lectura- en 5 minutos recoge que voy a limpiar”.

18:55 horas. Llego al final de mi viaje. He sentido que no ha sido un martes cualquiera.

Y éste no ha sido un jueves cualquiera… Hoy Pepe Solla me firmaba y dedicaba el libro que había tenido el privilegio de leer y el placer de disfrutar. En Montagud Editores ningún día es un día cualquiera.

Foto de Laura Moreno.

 

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