Por muchos significados que la palabra sostenible pueda tener hoy día, la almadraba, como arte de pesca del atún rojo, engloba todos y cada uno de ellos, porque hay un hecho cierto, tozudo y ajeno a controversias: en los, digamos, 30 siglos que lleva practicándose, la almadraba ha sostenido la población mundial de atunes sin contribuir a su merma salvaje e indiscriminada; sin contribuir tampoco a la esquilmación de la especie. Las verdaderas causas de la sobreexplotación que ha puesto en peligro la subsistencia del thunnus thynnus son el empleo de malas artes de pesca como el palangre y, sobre todo, el cerco.

Así lo reconoce el Foro Mundial para la Naturaleza (WWF/Adena) en sus informes anuales de 2003, 2006 y –especialmente– de 2008. También la Comisión Internacional para la Conservación del Atún Atlántico (ICCAT), aunque ésta, en su inadecuado y fracasado Plan de Gestión de noviembre de 1996, cometiera el grave error de mantener abierta, muy por encima de lo aconsejado por científicos y ecologistas, la pesca de cerco durante los meses de reproducción. Así lo reconocerá cualquier persona que esté algo enterada o instruida en el asunto o que, simplemente, lea las causas, razones y argumentaciones que a continuación se exponen con tal fin y que pretenden ser un compendio claro, objetivo y resumido de ellas, un digesto de sostenibilidad de la almadraba.

Antigüedad del arte de pesca de la almadraba

Se remonta a 30 siglos atrás, aproximadamente, pues se tienen referencias ciertas desde el S. VII a.C., al conocerse el comercio que los fenicios practicaban por todo el mar Mediterráneo (mar en medio de la tierra) de los productos (salazones) derivados del atún y otras especies. Su procedencia es clara y veraz: Gadir/Gadeira, Bahía de Cádiz, desde Gibraltar a Cabo San Vicente. Anacreonte, Hipócrates y Estabrón ya lo mencionan, Timeo también. Los romanos acuñaron como moneda el Gádir, en cuyo anverso aparecen en bajo relieve dos atunes grabados. No cabe duda de que la almadraba es un arte de pesca ancestral y milenario.

Patrimonio cultural y forma de vida de los pueblos almadraberos

La almadraba no es sólo un arte de pesca, es también la forma de vida de un pueblo y el sustento para las familias que viven de ella, por lo que es una importante fuente de empleo, tanto por la pesca en sí como por la industria de salazones y enlatados. Su importancia social es excepcional y determina la identidad cultural, histórica y patrimonial del lugar donde se desarrolla. Para las gentes que viven de ella la almadraba es una religión cuyo mandamiento único es bien simple: amarás al atún rojo sobre todas las cosas.

Pesquería tradicional, artesanal y manual

El ingenio de la almadraba es un dispositivo laberíntico de mallas mediante las que se acorrala y encierra a los atunes, cuyas redes están fijadas al fondo del mar del litoral en distintas formas (de vista o tiro, de monte y leva y de buche) y con una base en tierra. Existen puntos visibles que sirven de marcación y señalización obligatoria, y deben ser armadas o caladas a una distancia máxima y mínima de la costa.
Esta arte de pesca se vale exclusivamente de redes o mallas, anclajes, maromas y embarcaciones cuya mecánica, forma y armazón no han cambiado desde muchos siglos atrás. Y se sirve de la meteorología, las manos y astucia del ser humano marinero y pescador y la buena fortuna. Nada más. La única tecnología punta que utiliza es la de los buzos, que avisan de la entrada de atunes en las redes.

Sistema estacional

Las almadrabas se instalan únicamente en temporada, en la época de paso de derecho de los cardúmenes de atún rojo por el Estrecho de Gibraltar procedentes del Océano Atlántico en sus anuales movimientos migratorios, lo que se produce a final de la primavera, en su camino hacia el interior del mar Mediterráneo y tras el frenesí de sus rituales de aparejamiento. La luna de mayo marca el momento de mayor tránsito.
Hoy, desde la puesta en faena de los barcos industriales de pesca de cerco, ya no se capturan atunes en las almadrabas del revés, que históricamente recogían atunes a la vuelta, a finales de verano, tras la reproducción, al Atlántico procedentes del Mediterráneo.
El sistema no altera los caminos y corredores naturales de la especie, ni modifica sus costumbres y sus ciclos vitales. La respeta sin intervenir en su hábitat, crecimiento y posterior reproducción, permitiendo la preservación de la especie. Impone una veda anual, una parada biológica obligada, cíclica y permanente.

Pesquería selectiva y natural

La pesca mediante almadraba conlleva una selección natural de los ejemplares. No hay provocación, empuje o atracción posible de los atunes, ni siquiera señuelos o engaños: los que caen en las redes lo hacen por azar, pues sólo un pequeñísimo porcentaje de los que componen los pelotones se desvían hacia la costa. De hecho, ha supuesto una autorregulación natural. El número de capturas en almadraba ha descendido en un 80% desde el año 2000.

Ello depende de las condiciones meteorológicas: corrientes, mareas y fases lunares y orientación de los vientos, entre los que los del suroeste son los más beneficiosos. También de las condiciones del agua: salinidad, transparencia o turbiedad y temperatura.
Por estas razones, desde que se tiene memoria, las gentes de la almadraba han considerado las capturas como tributo del mar, respetuoso, una vez más, con los avatares de su existencia, que viene marcada por el destino y el orden natural.

Captura regulada y controlada

El sistema de almadraba permite un fácil control por las autoridades por su ineludible condición de estar sujeta a tierra y siempre ubicada en idéntico lugar y por la necesidad y la obligación de contar con las preceptivas autorizaciones administrativas para su calado y montaje. Les es imposible escapar a la vigilancia del cumplimiento estricto de las condiciones bajo las que son permitidas, pues cuentan con un procedimiento sancionador riguroso con capacidad de imposición de cuantiosas multas.

Este control administrativo se extiende a todas las circunstancias relativas a las almadrabas: número de autorizaciones, ubicación, tamaño, armazón y calado, distancias, profundidad, estacionalidad y duración, personal y condiciones laborales, señalización, tipo de mallas o redes, etc. Y lo más importante: la capacidad de supervisión del número de capturas y su tamaño mínimo, que prohíbe la pesca de ejemplares de menos de 150 kg, para asegurarse de que alcanzan su madurez sexual y capacidad de reproducción.

Diferenciación frente a las malas artes

La bondad y sostenibilidad del arte de pesca de la almadraba salta a la vista en su comparación con las artes de arrastre y, sobre todo, de cerco. Estos métodos son sistemas extractivos, masivos, agresivos y dañinos, que dan como resultado una pesca indiscriminada, industrializada, salvaje e incivilizada, apoyada en métodos tecnológicos y de localización de cardúmenes ilegales que esquilma los caladeros e impide su reproducción y la continuidad de la especie.

La flota de cerco industrial dedicada al negocio de las jaulas de engorde es la causante directa y principal de su sobreexplotación y del peligro de extinción, al no respetar ni los tonelajes ni las tallas de las capturas. Es frecuente, en este ámbito, la pesca de alevines vivos para su traslado y cebado en las granjas creadas a finales de los años 90.

El Plan de Gestión de la ICCAT (Comisión Internacional para la Conservación del Atún del Atlántico) ha sido un fracaso rotundo y el control administrativo ha resultado inoperante e imposible, por lo que la labor e intervención europea e internacional de esa pesquería es absolutamente ineficaz. De hecho, en los menos de diez años de desarrollo descontrolado, la industria de pesca de cerco ha conseguido lo que no hizo la almadraba en 30 siglos: poner en peligro la especie.

Contra esta industria se aliaron el colectivo de almadrabas, ecologistas y científicos, y consiguieron llegar al Parlamento Europeo, que aprobó, en 2006, medidas de protección como la ampliación del periodo de veda, el aumento del peso mínimo, topes de capturas, limitación del número de granjas de engorde y observación y control, que si bien han servido para estorbar y dificultar los abusos, no han podido evitar que la pesquería de cerco ponga en riesgo la especie, con la anuencia y participación directa de los principales países europeos como Italia, Francia y España –más Croacia y Malta–, quienes se sirven de las subvenciones de la UE para modernizar las flotas de cerco.

Ausencia de barbarie en la muerte del atún en almadraba

La muerte es siempre y sólo eso: morir. Siempre obtiene el mismo final. La matanza de animales para la alimentación humana implica su muerte en masa. Los mataderos de cualquier especie avícola, ganadera, de pesquería o de piscifactoría, son y conllevan un triste espectáculo que viene acompañado del coetáneo y posterior desangrado del animal, inevitable para la comestibilidad y calidad de sus carnes. La civilización trata de mitigar al máximo su crueldad controlando el proceso en evitación de sufrimientos inútiles. La almadraba también, sustituyendo el garfio por los lazos y las grúas para abordar el pescado.

La calidad de la carne de atún depende directamente de la rapidez de su muerte y del rigor mortis del pez, por eso el método utilizado del fugaz y preciso corte de cuchillo en la agalla consigue esa inmediatez de la muerte, la evitación de la crueldad y el óptimo resultado deseado.

Slow fish: bueno, limpio y justo

Al ser una pesquería no agresiva, masiva, ni discriminada sino legal, selectiva, fortuita, respetuosa con la especie y la pervivencia de los alevines, con sus ciclos vitales y costumbres migratorias, la almadraba es buena.

Al no ser contaminante, invasiva ni irrespetuosa con el medio ambiente, ser una arte natural, que no usa técnicas abusivas o de ventaja, ni tecnologías avanzadas, que se sirve exclusivamente de medios artesanales, manuales, simples y humanos, la almadraba es limpia.

Al no conocer, a priori, el número de capturas, no ser una producción extensiva, no sobrepasar un mínimo (2%) de la producción mundial, constituir una ancestral y tradicional arte de pesca y la forma de vida de un pueblo basada en unos derechos históricos de vital importancia social para sus gentes, la almadraba es justa.
Todas estas razones se resumen en una rotunda conclusión: la absoluta sostenibilidad del arte de pesca de la almadraba.

Se podrá alegar que llegada la cruda realidad del peligro de extinción en que se encuentra hoy día la especie, empujado por el voraz e inacabable consumo de los grandes mercados como el japonés y sus barcos frigoríficos, igual da hablar de uno u otro sistema/arte de pesca, porque todos ellos deben ser paralizados mediante moratoria, debe cesar la pesquería mundial. No estoy de acuerdo, lo que debe ser controlado, incluso prohibido, mediante normas severísimas y coercitivas, es la pesca de cerco y su ilimitada flota de grandes barcos.

Insisto y defenderé hasta el extremo que la almadraba no contribuye dañinamente a ello y por su inmediatez y facilidad de control, sería y es posible, suficiente y de fácil aplicación y cumplimiento, la imposición de un cupo máximo de capturas anuales en almadraba. De manera que, siguiendo las normas establecidas en cada momento por la UE, se permita el ansiado y deseado fin de la recuperación, mantenimiento y continuidad de la especie, al mismo tiempo que se respetan los derechos históricos de la almadraba y la forma de vida y subsistencia de los pueblos andaluces que viven en ella.

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