Las palabras se gastan. No es que las letras que las conforman se desdibujen y se vuelvan borrosas y más tarde invisibles. No es eso. Su machacón e indiscriminado uso lo que hace es desgastar su significado, aquello que cuando su escuchar no era frecuente, enviaba un nítido mensaje a tu entender que, de inmediato, era traducido y comprendido sin más. Sin dilación ni duda o confusión. Pierden su frescor y, como los cacahuetes, se quedan manías. Este desvanecimiento es efectivo pues el exceso produce en la práctica ese efecto; y también es selectivo, pues sólo afecta a los escuchadores o lectores de la afectación, del sobreuso y extravío del reiterado pronunciamiento. Y es finalmente depresivo, pues produce la bajona que conlleva la pérdida de cariño hacia las palabras objeto de abuso y violación indiscriminada con agravante de indefensión.

La cuchipanda de conmilitones que conformamos este obsesivo e insignificante micromundo de la gastroculinaria cocinil, se ha llevado al huerto de las malvas dos hermosos términos ya terminales: pasión y emoción. Está siendo tal la soberana paliza, dale que te pego, que se les está propinando a estos dos otrora orondos y enjundiosos vocablos que, tras dejar toda su esencia en los caldos de los pucheros de todos los cocinerosos, se han quedado en sus huesos pelaos y escamondaos. Escuchimizados fantasmas concomitantes que han quedado ya para los restos. Ay! que dolor, qué dolor, qué pena.

Tan pal arrastre están, tan necesitadas de sobresana curación, que hay que llevárselas a urgencias del hospital de las palabras (Tristancho dixit). A ver quién es el guapo que encuentra las adecuadas para contarle al doctor de turno los síntomas de su desgracia. Seguro que dan traslado al fiscal. Al final todos empapelaos. La Cocina Española de Vanguardia será imputada por este asalto a mano armada a cuchillo. Ya los estoy viendo desfilar para que les tome declaración su señoría El Gato Gourmet. Con la venía.

pasion

 

Pasión. Me pregunto qué fue de su fuerza, del exacerbado poderío que siempre transmitió, dónde quedó su capacidad de volver en pasional la querencia. Todo cocinero que se precie la siente ciega y profundamente, todos la viven continuadamente; todo se cocina con ella, sin ella no hay vida ni cocina que valga; comer ha de ser una experiencia apasionante. ¿Pasión o muerte? Pues muerte, por inanición, porque el fruto del empacho de pasión no es más pasión, sino desgana e inapetencia. Desamor por el sentido pasionario.

La pasión coolinaria vive un auténtico vía crucis. Arrastramos inmisericordes la palabra de estación en (r)estación de penitencia, contemplamos impasibles cómo nos llena la boca y no se nos cae de ella. Su ardorosa&ardiente autenticidad se ha tornado falsa y baja.

 

Emoción. La emoción vive sin vivir en el comensal al que se le exige por huevos que se emocione. No basta simplemente con que disfrute comiendo ni siquiera que se le caiga la baba de gusto; ir a comer ha de ser connotativamente emocionante, se han de exudar lágrimas de sentimientos. Pero la emoción no se cocina al vacío en el Ronner ni toca por sorteo en el bombo del Rotaval. No emociona quien quiere al dar de comer, ni siquiera quien puede, es el factor humano del otro que allí toma asiento el que manda, su humor emocional, y éste…. tiene días. La emotividad no es un sobao, aunque pasiego y mantecoso fuera, que deba y pueda ser manoseado. Quién, cómo, cuándo, de qué manera, ¿Cuál es el umbral del despertar de la emoción de cada cuál? Generalizar su utilización, pretenderlo como plato del menú, sólo dará como resultado el apático cuajo o la rebelión enardecida a la contra y con causa. La emoción es un plato a elegir de la carta que se sirve en caliente.… si el cocinero es capaz de cocinarla y la sala servirla.

Entre todos, cabos gastadores, estamos matando tan hermosos trasfondos, no dejemos que ellos solos se mueran por volatilización de su substancia, por reducción al absurdo y agotamiento de su trascendencia. ¡Hala, hala, a gastar, a gastar!. No señor. Si apuramos y rebañamos al extremo su salsa con nuestros mánfanos, nos cargaremos la madre del cordero y el vino y a la que los parió. Las palabras no son Jauja. ¡Dejémonos de ostias!

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y de nuestra política de cookies. Si desea más información, puede hacer clic aquí.

ACEPTAR
Aviso de cookies