Al mediterráneo por amor
Alessio Dessalvi
director comercial de Jolanda de Colò

Existe un lugar en Italia, más concretamente en la isla de Cerdeña, donde el pasado se funde con el presente, donde el tiempo y el espacio pierden todo su significado, donde la vida y la supervivencia, los miedos, las esperanzas y las plegarias unen al hombre y el animal, al vencedor y el vencido. Un lugar donde resoplan los mitos del pasado y donde, como si de un pacto de vida se tratara, no se traiciona el viejo espíritu de respeto, humanidad y cultura.
Nos encontramos en la isla de San Pietro, una isla de la isla, cuyo único centro habitado, Carloforte, fue fundado y poblado a partir de la segunda mitad del XVIII por los pegliesi, que llegaban, a través de Tabarka, desde Pegli, un agradable pueblo a las puertas de Génova. Aquí se sigue hablando el genovés antiguo y aquí sigue funcionando una de las últimas almadrabas fijas para el atún de derecho* del Mediterráneo. Y aquí todavía se puede disfrutar de la tosca gentileza de los almadraberos, hombres azotados por el tiempo y el cansancio, con el rostro cortado por el viento y la salinidad, hombres con una sabiduría añeja que conocen todos los secretos del mar. Y también aquí, en el período que va de mediados de abril hasta mediados de junio, se celebra desde hace siglos el extraordinario acontecimiento de la matanza, que dio lugar –y prosperidad durante mucho tiempo– a la cultura de la almadraba, hoy en peligro de extinción, condenada por los nuevos métodos de cría y pesca.
De entre todas las actividades pesqueras que se practican en el Mare Nostrum, la almadraba, entendida como metodología de pesca del atún con instalación fija de redes en el mar, es seguramente la que menos ha evolucionado desde un punto de vista técnico. Ayer como hoy sigue siendo el único sistema que en cierto modo cumple una función de salvaguarda de la especie. De hecho, se calcula que se capturan solamente entre un 5% y un 7% de los atunes de paso con un peso mínimo garantizado de 30 kg.
La pesca del atún siempre ha desempeñado un papel fundamental, sólo hay que pensar en las ciudades, pueblos y puertos que han surgido precisamente cerca de los puntos en los que se localizaba el paso de estos animales y donde desde hace milenios se calan las almadrabas.
El protagonista de esta larga historia es el atún rojo (Thunnus thynnus – Blue Finn), el cual, en un período de tiempo limitado que coincide con el inicio del ciclo de reproducción, pasa en bancos bordeando la costa y orientándose exclusivamente con el ojo izquierdo. De hecho, la isla de San Pietro es el primer obstáculo natural con el que tropieza el atún después de entrar por el estrecho de Gibraltar en su viaje con destino a aguas más cálidas.
Hasta el mismísimo Aristóteles especuló sobre este extraordinario pez diciendo que los atunes provenían del océano Atlántico y que en la temporada del equinoccio de primavera afluían al Mediterráneo para la época de la reproducción. En efecto, es en ese momento cuando el atún, bien alimentado y generosamente graso, se reúne en bancos impulsado, según algunos, por fuertes descargas hormonales, y según otros –a los que yo me uno– por un instinto amoroso más romántico.
Los hombres de la almadraba comparten el instinto de supervivencia. Durante siglos, la pesca de este espléndido animal no sólo ha sido una importante fuente de riqueza para los señores, también ha dado de comer a aldeas enteras que han podido prosperar gracias a la venta del atún de calidad superior que, una vez prensado, se introduce en toneles con sal marina antes de pasar a la conserva en aceite de oliva.
Vida y muerte se entrelazan en la almadraba como si estrecharan los lazos que unen el destino de los dos seres: una lucha por la supervivencia que se puede resumir con la locución latina mors tua, vita mea. Para entender mejor la importancia de la cultura de las almadrabas en el pasado, sólo hay que pensar en esas prácticas de antaño que exorcizaban el carácter cruel de la muerte a través de rituales religiosos especialmente significativos, ya fuera antes de inicio de la matanza o bien con la plegaria de agradecimiento que el rais** empieza a recitar justo después del clamor de alegría y agotamiento de toda la tripulación.
El de las almadrabas es un mundo mágico, un mundo antiguo cuyo protagonista no es el cerdo del mar (así llamado por sus múltiples usos) sino el rey del mar. Imposible abstenerse de gritar, después de haber visto una matanza y con la voz rota por la emoción: ¡EL REY HA MUERTO! ¡VIVA EL REY!
* También conocido como atún de ida, es aquél que, procedente del Atlántico, llega al Mediterráneo entre los meses de mayo y junio para el desove.
** Término de origen árabe que designa al jefe de la matanza del atún.



